ISMAEL MEDINA
El espectáculo político a que asistimos en España, al parecer impávidos, me hace recordar "Las Delicias", famoso tríptico de El Bosco, nada disparatado ni estrambótico, aunque lo parezca a algunos, no sé si muchos.
¿Por qué mis neuronas cruzaron mensajes para conducirme a identificar "El Jardín de las Delicias", su tabla central, con el jardín de las inmundicias en que los españoles nos revolcamos, aunque también, junto a nosotros, casi todos los que habitan este puerco mundo? Sería estúpido perder el tiempo con preguntas a mis neuronas. Son libertarias, actúan a impulsos emocionales y escupen lo que les da la real gana sobre
lo que, petulante, creo que es mi aprehensión consciente de la realidad.
No podía sustraerme a tan singular llamada y buscar respuestas por los meandros de la memoria que comienza a cojear por vieja y usada. Así que desplegué una gran fotografía del tríptico con el propósito de trasladar a lo que ahora ocurre lo imaginado por El Bosco, en su conjunto y en lo particular. Puse la imaginación a trabajar como si se tratara de un forzado en campo de concentración y temo que terminé por derrumbarla, sudorosa y deshidratada, sobre un pedregal sembrado de cardos borriqueros.
Son innumerables las interpretaciones que se han prodigado respecto de este genio holandés de la pintura y "El Jardín de las Delicias" en particular. No viene a cuento entrar en ese espacio opinable. Pero si me vale el título dado por Dino Bruzzati al estudio prologal de una excelente edición de la pintura bosquiana: "El maestro del Juicio Universal". Lo es, sin duda. La atmósfera de serenidad de la primera tabla, conocida como " El paraíso terrenal", todavía con Adán y Eva ayunos de pecado junto a su Creador, conduce después de cometido a la humanidad asida al placer enviciado del la tabla central, nombrada "El Jardín de las Delicias". No hay vuelta atrás. La desembocadura inexorable es el infierno de la tercera tabla.
El Bosco se rebelaba en varias de sus obras, el tríptico de "Las Delicias" sobre todo, contra las sectas que comenzaban a romper la unidad religiosa en el norte de Europa. Una ruptura que El Bosco contemplaba desde una severa ortodoxia y anticipaba un proceso de descomposición que, a través del calvinismo y el luteranismo, desembocaría en la sublimación satánica de la creación de la Orden de los Iluminados por Adam Weishaupt la noche luciferina de Walpurgis el 1º de mayo de 1776. Secta que aspiraba a dominar el orbe y del que sería consecuencia el Nuevo Orden Mundial, hoy en marcha acelerada.
EL VISIONARIO GE NIAL DE INFERNALES FUTURIBLES
De "visionario integral" calificó A. Bretón a EL Bosco. Y hasta tal extremo lo fue que el desnudo de la multitud de sus personajes los suspende en el tiempo como si no existiera y adquiere hoy la misma validez expresiva y denunciadora que cuando vislumbró a donde conduciría el desgajarse en sectas de ramas carcomidas de la Iglesia.
El simbolismo de "Las Delicias" propone un tránsito intemporal desde el Paraíso terrenal antes de que la serpiente tentara a Eva, y ésta a Adán, hasta la desembocadura en el tétrico caos del infernal acabose. En medio, el gran circo de la degeneración humana en un extenso catálogo de pecados que conducen a la perdición. El camino desde la luz de la primera tabla a la negrura de la tercera. Desde el Génesis al fin de los tiempos anunciado por el evangelista Juan.
Paradójico, sin duda, que los iluminados, locomotora mundialista hacia la negrura satánica, se denominaran a si mismos Hijos de la Luz. Iluminaban en realidad, y lo hacen ahora con muy superior prepotencia, las inclinaciones más perversas que anidan en las almas seducidas y contaminadas. Una descomunal falacia. La sistemática de la mentira y el engaño sobre la que se montó el ominoso tinglado filosófico del relativismo materialista-
La visión teológica e intemporal de El Bosco ofrece una interpretación o aplicación más a ras de tierra. Me refiero a la teoría de los ciclos históricos, acerca de los cuales he escrito con una cierta insistencia, tanto en lo que se refiere a las periódicas series alternantes de vacas gordas y vacas flacas que se registraron durante el siglo pasado y a comienzos de este siglo XXI , como a los ciclos de civilizaciones y los imperios que las protagonizaron. El cuadro central del tríptico, "El Jardín de las Delicias", refleja el pervertido magma hedonista que caracterizó la decadencia de unas y otras civilizaciones hasta llegar al desenlace final de la desaparición en una negrura inmunda y apocalíptica.
Si nos paramos a medir la duración de los ciclos históricos de los imperios, desde los más antiguos a los más recientes, caeremos de inmediato en la cuenta de un progresivo y cada vez más acusado acortamiento. Cualquiera puede comprobarlo en un libro de Historia Universal como aquéllos que transitamos los de mi generación y algunas posteriores en un Bachillerato que lo era de verdad. Asistimos a lo que algún pensador ha definido como aceleración de la Historia.
LA INMERSION DEL DETERMINISMO EN LA CHARCA DE LA DECREPITUD
El actual ciclo histórico del relativismo materialista irrumpió, insisto, con la creación de la Orden de los Iluminados, aunque aupado sobre antecedentes de ruptura religiosa a los que antes aludí. Sus consecuencias políticas inmediatas fueron las revoluciones norteamericana y francesa, a las que seguiría la bolchevique con parejos soportes deterministas. El imperio del relativismo materialista lo asumieron los Estados Unidos de Norteamérica a partir sobre todo de que se sustanciara su unidad tras la guerra entre norteños y sureños. La revolución francesa no fue otra cosa que su altavoz ideológico en Europa. La segunda guerra mundial y el hundimiento inducido de la Unión Soviética signaron la apoteosis de este imperio, aunque en realidad lo sea del Nuevo Orden Mundial del iluminismo y el propósito de cerrar el ciclo con la creación de un Gobierno Mundial.
Dos preguntas se abren a la especulación si tomamos en cuenta la aceleración implacable de la Historia y transportamos a "El Jardín de las Delicias" los signos de la decrepitud moral a que el relativismo materialista nos ha conducido: ¿Asistimos a la fase de decadencia del imperio norteamericano y del ciclo de civilización determinista? ¿Qué se esconde como posible alternativa de nuevo ciclo histórico tras la negrura de un horizonte ayuno de respuestas?
No insistiré, al haberlas expuesto con reiteración, en el detalle de las líneas maestras de la conspiración del NOM para destruir los fundamentos morales, históricos y culturales de los pueblos con la finalidad de animalizarlos y convertirlos en sumiso hormiguero dependiente. Concreto la reflexión a España. Y por una razón evidente: Rodríguez, que para eso fue elevado al poder contra todo pronóstico, asumió la tarea desmanteladora con el descaro y el radicalismo propios de una izquierda de acomplejados conversos de vuelta a las breñas de la arqueología socialcomunista; y el añadido de una laxitud mental y de un pastoso entorno mediocrático de perros falderos hambrientos de las riquezas y los goces que el poder procura a los ayunos de frenos morales.
El cuadro central del tríptico se nos aparece, al menos a mí, como una descarnada y luminosa denuncia de un manual de Educación para la Ciudadanía. No lo hubiera hecho mejor El Bosco de vivir entre nosotros. Lo fantástico de "El Jardín de las Delicias" radica en una intemporalidad teológica que lo hace actual cinco siglos más tarde. Que nos reclama trascender cada figura y las figuras arrimadas al gran prostíbulo en que el NOM, y nuestra retrógrada y puteadora izquierda a su servicio, han convertido España en charca putrefacta y cercenado la esperanza de regeneración. ¿O acaso comparece un mínimo y alentador atisbo de reacción en este sórdido vodevil en que ha degenerado el sistema?
Ahí, en la tabla central del tríptico, se nos muestran todas las aberraciones en que, como era previsible, ha desembocado el ciclo histórico abierto por el relativismo materialista. No sólo una hedonista promiscuidad sin límites en cuyo simbólico retrato no obvia El Bosco el zerolismo que adorna con flores, con su flor fálica, el ano propicio del genuflexo. También un individualismo que, incapaz de realizarse en sí mismo, desemboca en gregaria inclinación a enclaustrarse en propicias oquedades de inhibición y de disciplinado partidismo, ahuyentador de comprometidos horizontes, que manijeros conducen hacia no se sabe dónde. O quizá sí: hacia el tétrico infierno de la tercera tabla en el que no creen. O no quieren hacerlo, pues les exigiría plantearse el problema de la trascendencia y perturbaría el disfrute de su enfangamiento.
LOS TRES ESTRATOS DE LA PODREDUMBRE INDUCIDA
El Bosco dividió la tabla central en tres espacios superpuestos. Merece la atención en el intermedio la rueda de jinetes machos a lomos de toda suerte de animales. Una especie de simbólico picador impide que la rueda se rompa en el circular constante de los machos que hacen cabriolas circenses para llamar la atención de las mujeres encerradas en una laguna a las que una negra con un pavo real sobre la cabeza tienta con la manzana del deseo. No es difícil extraer la perenne enseñaza de que el hedonismo como conspiración desalmadora urdida por el Mal, hoy el NOM, es como el pescado que se muerde la cola y termina por devorarse a sí mismo. Un círculo vicioso sin posible escapatoria. Y menos aún, si como sucede en España, la rueda del despropósito animalizador, huero de pasado histórico y ayuno de horizontes liberadores, desemboca en la agónica comprobación de que la negación de los fundamentos morales de un pueblo todo lo impregna y desbarata. Desde el pensamiento lúcido a la economía. ¿Y cómo romper el círculo maléfico de este final sin atisbo de escapatoria a que nos ha llevado el relativismo materialista? En ningún caso desde el interior del sistema, una vez que la eventual alternativa también está contaminada por el virus del determinismo.
El abigarramiento degenerativo de los dos estratos inferiores se aligera en el superior, una suerte de mar limitador a los que pocos llegaron y se debaten entre ahogarse o buscar la salvación en orillas plagadas de asechanzas. Cinco grandes torres, sustitutorias de las catedralicias, custodian la finitud de "El Jardín de las Delicias". ¿Y es casualidad que la torre central, lobulada en su remate, tenga como fundamento la media luna? Cuando El Bosco pinta este cuadro ya el imperio otomano, en expansión constante, había sentado plaza en el sudeste de Europa y entrañaba una amenaza para el corazón de la cristiandad. Una amenaza agresiva que se simboliza en las torres de la parte derecha de cuyas bases, como fortines, emergen lo que hoy pudiéramos tomar por los cohetes nucleares de Irán. O en el negro que asalta a la joven rubia de la barquichuela en la que no se sabe bien si busca salvación o placentera entrega.
Resulta llamativo que El Bosco simbolizara en la negritud la imagen de las tentaciones demoniacas. No tenían los negros en su tiempo presencia en la Europa blanca, aunque abundaran como esclavos en las huestes otomanas. Me inclino a creer que El Bosco representaba en esas figuras la tétrica negrura de Satán. Pero unidas a lo demás, y trasladado el simbolismo al hoy perentorio, encontramos también en la tabla central de "El Jardín de las Delicias" una alucinante anticipación de la Alianza de Civilizaciones, no como opción de encuentro y armonía, según se presume, sino de claudicación. El presentimiento de que un mundo materialista empecinado en destruir sus fundamentos cristianos, morirá a manos de los que cree utilizar para satisfacer su designio de erradicación de la Iglesia católica.
EL FINAL INEXORABLE DE LA AUTDESTRUCCION EN LA INMUNDICIA
La tercera tabla, conocida como "Infierno musical", nos sitúa ante el desenlace inexorable de "El Jardín de las Delicias": la autodestrucción en la inmundicia. La caótica negrura que devora a los pecadores o los empuja en masa hacia fosas abismales mientras les aturde el fragor de una música distorsionadora de la armonía. Ruido desacompado y siniestro, obsesivo e infernal. El son del acabose. Pero no es la contramúsica de lo siniestro lo que prevalece en esta tabla, sino sus tres principales focos figurativos.
Arriba, sobre la corteza terrestre del infierno, arde el mundo conocido entre ruinas y llamaradas. La guerra lo ha destruido. ¿Por qué cuando el sistema quiebra se recurre a la guerra con la pretensión de reconstruirlo sobre sus cenizas? Sucedió siempre. También en el siglo XX. El propio sistema iluminista, heredero de Hegel, generó una y otra vez su contradicción -comunismo, fascismo y nazismo-para provocar el choque y recomponer su imperio. ¿Avanzamos ya por ese mismo camino hacia el estallido de un conflicto aún más destructivo que los anteriores y bajo el que "El Jardín de las Delicias", aún en sus últimos rabotazos, se trocará en abismal infierno? Barrunto que Obama fue promovido para provocarlo. Igual que Rodríguez en España para desalmarla y recrear las condiciones para el enfrentamiento.
Alguien advirtió, creo que José Antonio Primo de Rivera, que cada tiempo tiene su música. El Bosco percibió con gran anticipación que al caos solo puede acompañarle un música caótica. La estridencia frente a la armonía. Cuando Eduardo Arroyo nos descubrió la estrategia de la subversión puesta en marcha por Bezmenov para quebrantar la moral occidental olvidó que con la revolución hippy de Berkeley emergió su música del rompimiento: el rock. Acaba de recordarlo Gabriel Albiac ("Out of the Blue", ABC 31.05.2010): "…el estruendo que sabiamente distorsionan las guitarras eléctricas con las que Crazy Horse hizo los directos más bestias de esos años…La herrumbre, la jodida herrumbre a la cual, si lo solemne nos complace, podemos llamar muerte".
Si Bezmenov puso en marcha lo que ahora se conoce como el icono de la contracultura, "el rock and roll –tomo de nuevo la denuncia de Albiac- era ya canto fúnebre, inmenso basurero". ¡Y tanto que lo era! Ya entonces hubo estudiosos del fenómeno que dieron la vuelta a la música y la letra del rock para descubrirnos que se trataba de satánicos contrarritmos e invectivas. Pero muy pocos prestaron atención. El sistema, alimentador del caos, ahogó las voces que habían encendido las luces de alarma. Hoy el rock and roll queda lejos, reducido a icono de la contracultura ideada por Bezmenov y de cuyos huevos rompieron el cascarón, en sucesión acentuada de quebrantamiento, atronadores chun-chun que arrastran tras de sí hacia el derrumbadero a masas informes de jóvenes idiotizados cual flauta hiriente de Hamelin. Acertó a prevenirlo El Bosco con la confusión alocada de chirriantes instrumentos que acompañan el horrísono gori-gori del acabose.
Sobre un trono que es retrete, un desmesurado humanoide con cabeza de ave carroñera deglute a los que tan felices se sentían en el desideratum hedonista de "El Jardín de las Delicias". Una versión dantesca de Saturno devorando a sus hijos. Pero no los devora. Los caga íntegros en el sumidero de la última y definitiva letrina. La muerte sin posible retorno, sobre cuyo borde un lívido culo defeca las monedas atesoradas tras una existencia de avaricia y corrupción. ¿El final irreprimible del ciclo histórico abierto por el relativismo materialista? Pues barrunto que sí, si nos atenemos a los hechos.
Se nos dice que la actual recesión económica es la más grave y agorera de las que hemos conocido. Hubo otras anteriores en la historia de la humanidad que signaron ocasos de civilizaciones. Se sustraen a los Estados y a los contribuyentes que los alimentan enormes masas de dinero falso para alimentar las barrigas henchidas de los voraces y ruinosos intermediaros. Se genera una gigantesca e inasumible deuda que se trata de amenguar transitoriamente a costa de los de siempre: los más débiles, los que, masa indefensa y desmoralizada, han sido desprovistos de ese último recurso de las revoluciones de las que una y otra vez salieron trasquilados. Los expertos, los forenses de la economía, diseccionan mientras tanto el cadáver de lo caducado. Pero se debaten en las nieblas de la macroeconomía a la hora de encontrar soluciones a lo que difícilmente las tiene. Apenas si otra cosa se les ocurre que poner lavativas convencionales al sistema para aligerar el estreñimiento del cólico miserere que padece. Al igual que en el culo simbólico pintado por El Bosco, el dinero resultante del aligeramiento se va a la nada de la que procede. Al pozo globalizado de la inmundicia.
EL RETRATO MORTUORIO DE UNA ESPAÑA EN TINIEBLAS
El otro centro de atención que me atrae del llamado "Infierno musicial", infierno del determinismo en realidad, es ese extraño y sobredimensionado personaje con piel leucémica cuyos brazos son troncos leñosos asentados con livianas ataduras a dos barcas sin patrón que navegan sobre la negra ciénaga en una de las cuales el fuego comienza a destruirlo para que el naufragio se consume. Un cuerpo desventrado y sin entrañas, sin patas que pudieran servirle para la huída, a cuyo cobijo ascienden por escalera sin sostén extrañas criaturas deseosas de satisfacer sus postreras tentaciones. La cabeza vuelve su mirada inexpresiva y yerta sobre lo que acoge su cuerpo, deforme y socavado. Un gran plato plano le sirve de montera. Y sobre él, del que la única escapatoria es el abismo, una gaita fallida en torno a la cual bailan danza macabra animales de mal agüero que llevan de la mano a los que se desplomaron de "El Jardín de las Delicias". Un gigantesco cuchillo le amenaza después de hendir y dejado sin sonido las orejas tras las que arde la hoguera tópica del infierno. Lejos queda la lira sobre cuyas cuerdas se crucifica a la humanidad. Muertas están también la gaita y la lira. Otra vez. El apego a lo limitado del terruño y esa otra instancia a la libertad armonizadora del espíritu.
Cierto que esta otra figuración de El Bosco nos incita a su traslación sobre la coyuntura mundial en que nos vemos atrapados por el NOM. Pero prefiero hacerlo sobre lo más cercano y ominoso: España.
Apenas ya costillar de lo que fuera España, ese cuerpo lívido y truncado, con sus brazos inertes y anclados sobre barcas sin timonel, es la imagen rota de la Constitución de 1978. Aquella de la componenda entre partidistas con cartas marcadas que la dejaron agrietada para que por sus hendiduras pudieran penetrar sanguijuelas, sabandijas y depredadores que la carcomieran. Y para que se aposentaran en su calculada vacuidad los elegidos por el NOM para su total descoyuntamiento, con Rodríguez, el gran impostor, a la cabeza.
Ascienden los peregrinos taifales de la falsa democratización por la escalera que les conduce a la mesa moncloaca en que se consumen las piltrafas del banquete póstumo. Los guía un pajarraco con prestadas alas seductoras de mariposa. La retórica embaucadora de un marxismo retrospectivo, disfraz de su condición instrumental del capitalismo. Desde esa perspectiva sí tiene sentido el pellejo si adornos de la gaita sobre la que se mueven sin escapatoria los barones de la descomposición territorial, histórica y cultural. ¿El aquelarre sin retorno del satanismo reinventado en forma de relativismo materialista aquella lejana noche de Walpurgis en que Adam Weishaupt actuó de brujo sacerdotal? ¿Se precisaba la matanza de inocentes del 14 de marzo de 2004 para que sobre la sangre vertida se alzara con el poder un sujeto sin limitaciones mentales ni morales, a quien el NOM seleccionó como el elegido para la inmolación de España? No es cosa de entrar en detalles explícitos. Están al alcance cualquiera. Y no es anómalo, sino consecuente con el satanismo, la inquina contra la religión católica y su Iglesia, último reducto de esperanza para retornar a la paz de la primera tabla, siquiera sea como remansada ilusión de limpios cielos de libertad.
No se me oculta el pesimismo de esta relectura de "El Jardín" de El Bosco que impulsa a transmutarlo desde el hoy agónico en jardín de la inmudicia. Pero hemos llegado al fin de los tiempos, o de un ciclo histórico con fecha de caducidad, sin resistencia, sin que se nos revuelvan las tripas, sin que en los corazones agostados por el mero estar se encienda la llama del ser redescubierto, agarradero último para la rebeldía liberadora.
Vistazo a la Prensa 04.06.2010
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domingo, 6 de junio de 2010
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