Es espectacular el avance técnico que estamos conociendo. Con ello no descubro nada nuevo, no nos vamos a engañar. De hecho ya llevamos algún tiempo que el asunto va creciendo en movimiento permanente acelerado. Ya don Hilarión cantaba hace más de un siglo aquello de "hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad"…
En esa vorágine de adelantos técnicos, hoy tenemos electrodomésticos que se encargan de multitud de cuestiones, y son beneficiosos para las personas, no nos engañemos. Así, últimamente he tenido acceso a algo a lo que, en otras versiones menos desarrolladas siempre me había opuesto a que tuviesen espacio en mi hogar. No es otra cosa que un aparato extraordinario: la "wii"... o algo así.
Resulta francamente espectacular cómo con un aparatito de esos, uno, en casa, puede llegar a hacer tanto ejercicio que en otras circunstancias se realiza al aire libre. Y no está nada mal, de veras.
No obstante, una vez utilizado el aparato, y con el firme propósito de seguir utilizándolo, a ser posible de manera habitual, no puedo menos que poner en funcionamiento otros músculos, no superficiales sino protegidos por el cráneo. Y al efectuar tal ejercicio quedo francamente sorprendido, no por la espectacularidad del aparato, sino por el servicio que, con toda seguridad, está prestando al sistema establecido.
Me explico.
En primer lugar, el aparato ayuda a desvincular a las personas del ente natural que les rodea, dejando de lado el campo, el aire libre… para encerrarlas en una habitación... Pero esto puede llegar a ser anecdótico y sin importancia; tal vez una exageración. Al fin, manifiesto que personalmente seguiré usando el aparato. Me agrada considerablemente.
Pero hay algo que me llama todavía más la atención. Y es que, llegar a adquirir uno de estos aparatos es casi una proeza. Se venden como rosquillas. Nada extraño, dirá el lector, para quién, como es mi caso, manifiesta lo que ha manifestado. Pero…
Pero es que, para manejar este aparato, es necesario un espacio físico considerable, pues exige movimientos que, de realizarse en lugares estrechos, son de difícil ejecución, y pueden provocar una diversidad de accidentes, y da la coincidencia que en el manual de funcionamiento se desaconseja su uso en lugares abiertos. Entonces, ¿dónde puede ser utilizado?... Lógicamente, en casa. Pero, ¿en qué casa?, ¿en las soluciones habitacionales de medio metro cuadrado ofrecidos por el sistema?... Lógicamente, ahí es donde se pretende que sea utilizado.
¿Cómo se puede hacer uso de este aparato, que provoca movimientos similares a los ejecutados en cualquier actividad deportiva, en las viviendas de reducidas dimensiones que ya son mayoría en España?. Muy sencillo: Quién juega debe atenerse a sus limitaciones. Quién juega debe ser consciente que, aunque sea libre para efectuar determinados movimientos, no puede hacerlo, porque su entorno, la realidad que le rodea, se lo impide; la realidad que le rodea, se impone, exige que controle y someta su espontaneidad, si no quiere causar males a los demás y causarse males a sí mismo.
Es así, el aparato, un elemento indispensable para educar ciudadanos para la democracia. El ciudadano se siente constreñido, impedido de realizar los movimientos que el juego le exige, y ello, sin negarle la libertad para realizarlos. Es él, y sólo él, quién se coarta, quién se castra en beneficio no sabemos exactamente de quién. Y lo más importante: esa castración que de manera inmediata sufre en su propio ser, lo educa y lo modela para el sistema. Esa persona se acostumbra a constreñirse; se acostumbra a castrar su libertad, y esa castración la manifiesta posteriormente en la calle, en el trabajo, en las relaciones sociales, haciendo de él un ser manipulable y dócil, incapaz de exigir nada justo, nada que no le sea suministrado por quién le domina, y que además se siente "realizado" cuando, en el momento que le ordenan, tiene la "libertad" de poner una papeleta en una urna.
Evidentemente, no son molinos, sino gigantes.